Al final del tiempo de confinamiento

Con la esperanza de estar finalizando este período de confinamiento y alcanzar a corto plazo la desactivación del estado de alerta sanitaria, me pregunto ¿todas las personas lo asumimos de la misma manera?, ¿Cómo lo vive cada una? Porque lo que sí parece, es que la mayoría acatamos las normas de confinamiento transmitidas.

Hoy quiero detenerme en cómo lo vivimos las que sí seguimos, más o menos estrictamente, las normas de confinamiento. Por lo que escucho, hay quienes lo están viviendo desde la resignación, que es, sin duda, una buena manera, diría que eficaz modo, de acallar las emociones que nos invaden el cuerpo y las ideas que saltan por nuestra cabeza en forma de preocupaciones y/o anticipaciones.

Otras personas lo están viviendo más desde la aceptación, éstas son las que ya libraron la batalla entre la asunción de la norma y el ruido de las emociones tratando de irrumpir en la decisión. El silencio llegó con la conciencia de la importancia de la responsabilidad individual para cuidar lo colectivo.

Hay quienes cuentan que en esa pelea entre las emociones que bombardean el cuerpo, la necesaria tranquilidad y el obligado stop, transitan por diversos estados de ánimo, unas veces más cercanos a la tristeza, otras al enfado, de lo que salen gracias a la actividad frenética o la inactividad absoluta… algunas, para desenmarañar y descongestionar lo que les está pasando, se moverán hacia lo espiritual, hacia el contacto íntimo consigo mismas o con un algo o alguien más grande.

También hay quien está dirigiendo su energía hacia el ambiente, poniéndolo bonito, limpiándolo y cuidándolo y también quienes se están enfocando en los vínculos, tanto en los cercanos y más íntimos como en los que la tecnología del momento nos permite mantener y, obviamente, quienes dirigen su energía hacia lo colectivo.

Todas las maneras son igualmente buenas y aceptables, sólo nos revelan la manera en la que cada quién transitamos por la situación. Desde luego que este es un buen momento para meditar, rezar, orar o simplemente contactar con el silencio, el momento invita al recogimiento, a contactar con lo más íntimo que cada persona tiene dentro de sí misma.

Rezar, meditar o acallar la cabeza, no como huida de la sensación de impotencia, de susto o de tristeza, no para evitar la incertidumbre de lo que ha de venir, sino para sumergirnos en nuestro yo más profundo y acompañar las pérdidas cercanas y no tan cercanas, los dolores silenciados de tanta gente que no tiene altavoz, tener un momentito para agradecer a tantos colectivos que nos están cuidando. Acallar la cabeza, rezar o meditar para conectar con la Tierra y decirle que la hemos entendido, que nos comprometemos a escucharla y a dejarla respirar.

Parafraseando a Santa Teresa encontraremos la espiritualidad entre los pucheros, así que no hay que ir tan lejos para tropezar con ella.

El equipo de GPyF 16 abril 2020

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