
Diferencia entre estrés y ansiedad.
En el día a día, solemos usar las palabras “estrés” y “ansiedad” como si fueran sinónimos. Sin embargo, para la terapia Gestalt, entender la diferencia no es solo una cuestión de etiquetas, sino un mecanismo para recuperar nuestro equilibrio y presencia.
Desde la perspectiva gestáltica, el organismo y el entorno forman una unidad indisoluble. El estrés no es algo que “tenemos”, sino algo que “hacemos” en respuesta a una demanda del entorno. Una necesidad se convierte en “figura”, destacando sobre todo lo demás. El cuerpo, de manera inteligente y creativa, moviliza energía para responder a ese desafío. A esto lo llamamos ajuste creativo.
El estrés, por tanto, se basa en la realidad presente. Es una tensión funcional que nos prepara para el contacto: para resolver, para actuar o para protegernos. El problema surge cuando la demanda del entorno es constante y el individuo no encuentra el momento de la retirada. En Gestalt, el ciclo de la experiencia incluye una fase fundamental de reposo tras el contacto. Si nos mantenemos en un estado de alerta permanente, el ajuste deja de ser creativo para volverse rígido, agotando nuestras reservas y convirtiéndose en ese estrés crónico que nos desconecta de nuestras propias necesidades básicas.
Por otro lado, mientras que el estrés suele estar vinculado a un objeto real y presente, la ansiedad tiene una naturaleza mucho más sutil y angustiante. Fritz Perls, el padre de la Terapia Gestalt, definía la ansiedad como la brecha entre el ahora y el después. Se trata, por lo tanto, de un problema de presencia. Mientras el cuerpo habita el aquí y el ahora, la mente se ha proyectado hacia un futuro incierto, catastrófico o exigente.
En este sentido, cuando algo nos emociona o nos activa fisiológicamente, nuestro corazón se acelera y nuestra energía sube. Si permitimos que esa energía fluya y la acompañamos con la respiración, sentimos vitalidad. Sin embargo, si nos asustamos de esa propia excitación o intentamos frenarla por miedo al futuro, bloqueamos el paso del oxígeno. De esta manera, la ansiedad es excitación sin respiración. Al contener el aliento ante la incertidumbre del mañana, convertimos nuestra energía vital en una presión interna que oprime el pecho y nubla el pensamiento.
Aunque ambas sensaciones comparten síntomas físicos como las palpitaciones o la tensión muscular, se diferencian en su objeto de preocupación. El estrés es una respuesta a lo que está pasando; mientras que la ansiedad es una respuesta a lo que podría pasar. En el estrés, si eliminamos el estímulo, el organismo tiende a volver al equilibrio. En la ansiedad, el estímulo es interno: es nuestra propia mente la que genera la amenaza. Por eso, una persona puede estar en una playa paradisíaca y, aun así, sufrir un ataque de ansiedad. No hay un peligro externo del cual huir, sino una desconexión profunda con el momento presente y una incapacidad de confiar en los propios recursos para enfrentar lo que venga.
A través de la terapia Gestalt no se busca anestesiar el síntoma, sino ampliar el “darse cuenta” e invitar a la persona a regresar a su cuerpo. Si la ansiedad es falta de oxígeno, la primera acción sería volver a respirar de manera consciente, permitiendo que esa energía acumulada encuentre una salida saludable. Trabajar el estrés y la ansiedad implica explorar cómo el paciente interrumpe su propio ciclo de satisfacción. En última instancia, se trata de pasar de la preocupación (ocuparse antes de tiempo) a la vivencia plena de lo que es, aquí y ahora, identificando nuestras necesidades reales en el presente.